La pandemia, a la mayoría de los mortales, nos ha impartido varias lecciones pero también ha despertado miedos que estaban en un globo invisible.
Personalmente, desde hace algunos días, me quita el sueño la posible adicción de mis hijas a las pantallas y especialmente a las redes sociales.
Soy consciente que a las amenazas hay que enfrentarlas y convertirlas en desafíos. Eso eligen los valientes… Pero qué difícil cuando sé que, en cada me gusta, y en cada una de las búsquedas de mis niñas, pasan a formar parte de un perfil que navega a la deriva de las olas frenéticas de los algoritmos de google, Facebook, Instagram, y demás aplicaciones que ofrecen información acorde a los gustos y preferencias de cada uno de los usuarios.
Un plan

Hoy en día los padres necesitamos diseñar un plan con los adolescentes. Hasta ahora, la verdad, es que la educación que les impartía a mis hijas era un poco espontánea pero ha llegado el momento de idear una estrategia y capacitarse para un camino tan espinoso. No puedo darme el lujo de perder el control de la situación. ¿Cómo darle las herramientas para que sepan discernir entre la verdadera información y la que le están colando sin su permiso? Si los ciudadanos que, supuestamente son adultos y tienen capacidad de criterio, leen y escuchan solamente a quién piensa como ellos, ¿cómo enseñarles a mis niñas a saber discernir, a tener prudencia y templanza para decir basta a las redes o saber cómo despistarlas y leer las informaciones que también disgustan?
Es complicada la tarea hoy… Es imposible educarlas aisladas de un mundo digital cuando, gracias a estas plataformas virtuales, han podido asistir a clase durante este año. Sin embargo, quiero que sean mujeres con criterio propio. Que piensen. Que argumenten. Hoy, por su condición de adolescente, están expuestas a la manipulación constante porque ven en sus relaciones externas una tentación irresistible.
Hoy, por la prisa, por la inmediatez de la noticia, los medios de comunicación se apuran en publicar informaciones mentirosas, dando cabida a una realidad tergiversada que se transforma en difamación y calumnia. Y en este caso el pecado es doble, porque no hay forma de reparar el daño cuando se han publicado rumores o mentiras hacia una persona que nunca más va a pasearse por la calle sin algún dedo que la señale injustamente.
A todo esto, se le añade, que cualquier ciudadano puede entrar a las múltiples redes sociales que pululan por el espacio y escribir lo primero que se le ocurre, y casi todas las veces sin tener la más remota idea de lo que está diciendo. Por tanto, las herramientas, que tanto defiende la democracia, como el derecho a la expresión, ahora se convierten en un elemento clave para quebrantarla, pues ¿cómo dilucidar, entre este maremoto de noticias, cuáles son ciertas y cuáles son falsas? ¿Quién es honrado y quién manipulador?
Tenemos que ser conscientes que todos los días, sin excepción, las redes están alimentando a mansalva esa fatídica grieta de la que tanto discuten los argentinos. Dividen al mundo en dos. Manipulándonos. Depende de nosotros el esfuerzo por informarnos mediante fuentes fidedignas y no dejarnos llevar por lo que, mentirosamente de casualidad nos llega… Nada es fortuito. No nos equivoquemos. Hoy somos piezas de una partida de ajedrez. Está en nosotros salirnos de ese tablero tóxico y usarlo de buena forma, pero para eso hay que aprender y no dejarnos avasallar o seguir refranes como “ojos que no ven, corazón que no siente”. Si permitimos ser maniobrados por los algoritmos, ¿qué posibilidades existen de que el futuro nos encuentre unidos contra males en común?
La solución es capacitarse. Enseñar a usar esas nuevas herramientas de forma correcta. Inculcarles el amor a la Verdad y así, conseguir que tengan pensamiento crítico y no se dejen arrastrar por las corrientes de moda ni por las presiones de su entorno. No se trata solo de publicidad consumista. No; sino de manipulación de masas pero con estilo. Me imagino que esa angustia también la tuvieron mis abuelos cuando empezó la TV. El tema es que esa pantalla la compartía la familia… Actualmente, cada uno tiene la suya propia.
El miedo nos paraliza. El desafío nos motiva. Yo quiero quedarme con el segundo.